domingo, 20 de mayo de 2012

INTRODUCCIÓN.


Éste es el último libro del AT y su más importante tratado de «teología política». Si preferimos, es un tratado sobre la justicia en el gobierno, con argumentación teológica y orientación doctrinal. Ni manual práctico ni tratado profano.

El tema de la justicia en el gobierno es de buena ascendencia sapiencial: Prov 16,12. Dirigirse a los gobernantes, israelitas o extranjeros, que quieran leer no es una fantasía desatinada: Ester; 3 Mac; Dn. Quizá nuestro autor lo hace con una conciencia más lúcida y también con mayor acierto. No es extraño que su obra tuviera más lectores judíos que paganos, más súbditos que gobernantes; los que gobiernan son siempre menos.

El discurso sobre la justicia, sobre todo si es crítico, es provocado muchas veces por la práctica de la injusticia, sobre todo de la «injusticia establecida», de «los que dictan sentencias en nombre de la ley» (Sal 94,20). Aparte las persecuciones bien conocidas, por ejemplo, la de Ptolomeo 11 (a la que parece referirse 3 Mac), es probable que los judíos de la diáspora alejandrina tuvieran que sufrir discriminaciones, opresión y vejaciones a manos de gobernantes griegos o romanos; también pudieron sumarse a esos opresores algunos judíos renegados e influyentes. El libro no especifica la raza de los destinatarios, pues quiere atravesar fronteras (6,1). La denuncia profética se hace aquí crítica sapiencial.

Cualquier hombre que tenga autoridad y gobierno tiene como función ejercer y garantizar la justicia. Ningún hombre es soberano en sentido estricto, ni el rey mismo, pues todos reciben el poder de Dios mismo, a quien deberán rendir cuentas en esta vida o en la otra (6,1-11). Con ese juicio, quiere Dios hacer que prevalezca la justicia en el gobierno. La historia, con sus repetidos juicios de salvación y condenación, prueba que Dios toma cuentas; el juicio histórico anticipa y prueba el juicio escatológico.

¿Y cómo cumplirá un gobernante su misión de justicia?

Responderá un Salomón ficticio, que recibió de Dios sabiduría para gobernar (1 Re 3). Dios, que da al gobernante la misión de garantizar la justicia, le dará también la prudencia para que cumpla su misión. 

Pero el gobernante tiene que amarla, abrirse a ella, buscarla, pedirla (caps. 7-9).
Ahora bien, la sabiduría «política» es un aspecto de una sabiduría inclusiva y trascendente, que abarca toda la actividad humana e incluso hace de su justicia un momento intermedio para la elevación del hombre al reino y a la inmortalidad (5,15s).

Lo contrario de la sabiduría es la idolatría: con su falsificación de la divinidad, engendra toda injusticia, tranquiliza engañosamente al tirano o le sirve como instrumento de poder, degrada al hombre. Idolatría es pensar mal de Dios y es incompatible con la sabiduría.

El autor realiza en su tratado una conjunción de culturas. Está embebido en los escritos del AT, que lee en la traducción griega de los LXX; lo que tiene tan asimilado le sale de muchas formas, controladas o espontáneas. Como temas y motivos literarios, como falsilla disimulada, como alusión inteligente. Conoce también una cultura filosófica griega, especialmente en su corriente estoica; filosofía en estado de cultura poco profunda. Lo cual le basta para casar concepciones con audacia o ingenio, con fuerza sugestiva. El autor es mediador sereno. Justos e impíos de la primera parte no tienen nacionalidad, los personajes del cap. 10 pierden el nombre, los israelitas de la tercera y quinta parte son tipos de la historia magistra.

Lo que sucede con el pensamiento sucede también con el estilo. Los recursos hebreos del paralelismo, de la frase paratáctica, del comentario midrásico son patentes. No menos lo son los recursos griegos: palabras compuestas, exquisitas, multiplicación de sinónimos, adjetivación refinada, aliteraciones, paronomasias, rimas, juegos de palabras. La simbiosis de una tradición hebrea con una alejandrina engendra una obra original, a veces recargada y reiterativa, artificiosa, con alardes de artesanía estilística, rica en sorpresas y agudezas de ingenio.
El título tradicional del libro, Sabiduría de Salomón, es justificado y capcioso. Justificado porque el libro pertenece al grupo o corriente «sapienclal», que se ampara al patronato de Salomón. Entronca con los Proverbios, parece polemizar contra el Eclesiastés, tiene coincidencias notables con Ben Sira (= Eclo) y algún contacto con Job. Doy alguna referencia selecta:
            Job                Sab            Prov.         Sab.
            9,12               12,12          1,7             3,11
            19                                     1,21           8,3
           9,25-26            5,9-11       3,12           11,10
           29,9-10            8,12           8,11          7,9
           21-23
Eclo
Sab
Ecl
Sab
6,27
8,2 1
9,5
2,4
23,25
4,3-5
8,8
2,1
16,3-4
4,1
6,12
2,5
41,8-10
3,12
9,1
7,16

La Sabiduría ocupa en el libro una posición altísima (en continuidad con Prov 8 y Eclo 24). Alta, pero no exclusiva ni central. A partir del cap. 11 la sabiduría desaparece, salvo un par de menciones. En cambio, la justicia atraviesa el libro de cabo a rabo: justicia, injusticia, justos e injustos, juicio. Un título temático del libro sería: "A los gobernantes: sobre la justicia».
En cuanto a Salomón, aparece por ficción retórica en los caps. 7-9. No hay otra razón interna para poner su nombre en el título. El autor es anónimo. Es muy probable que haya vivido en Alejandría. La fecha de composición parece ser el tiempo de Cristo o algún decenio antes. Tiene bastantes coincidencias con pasajes del NT, sobre todo con san Pablo y su escuela. 

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